
La impronta del capitalismo salvaje, aseguran algunos, ha cambiado de raíz la mayoría de nuestros hábitos sociales, culturales y económicos. Aquellas seguridades más o menos plenas han dejado su lugar a la inercia de lo súbito, que aunque parezca un contrasentido, es un oxímoron necesario. Es como flotar en una densa capa de vasos comunicantes, de lenguajes y discursos que inexplicablemente casi no dicen nada.
El deporte no es ajeno a esta realidad. Allá por 1930 los mundiales de fútbol inauguraron en la periferia del capitalismo la leyenda del deporte moderno. A partir de allí se fue forjando un imaginario social cada vez más complejo anudado a una pelota y a los erráticos comportamientos del negocio y la pasión. Pero han pasado ochenta años desde entonces, y los mundiales de fútbol se han convertido en una perfecta metáfora de nuestras sociedades. La desproporcionada brecha entre potencias futbolísticas y otros competidores han vuelto al fútbol en un escenario de vanidades e intereses regidos por la omnipresente FIFA. De más está decir que este mundial de Sudáfrica no deja de responder a cierta lógica salvaje, por la cual nadie sabe cómo hará el país organizador para solventar un costo organizativo de 6000 millones de dólares. Todo esto queda acallado por el sonido estridente de las vuvuzelas, quizás una demostración de que "todo pasa"-Grondona dixit- y que detrás del estruendo y el artificio siempre triunfa el más fuerte.
